Van Gogh, autorretrato

LA CULTURA, EL CONOCIMIENTO, EL ARTE Y LA CIENCIA. (Van Gogh, autorretrato) JUAN YÁÑEZ, desde San Juan de los Morros Venezuela, les da la más cordial bienvenida...


sábado, 26 de octubre de 2013

Oscar Yanes: la última vaina del reportero

Oscar Yanes entrevistando a Salvador Dalí
Oscar Yanes la última vaina del reportero
«Pero hoy se ha ido, y Hoy es Mañana, le toca bailar el merengue de los muertos y la última vaina del reportero»
Oscar Yanes: la última vaina del reportero
Por Guillermo Ramos Flamerich
«¿Y cómo es que yo estoy muerto y no es un sueño? », se pregunta Oscar Armando Yanes a la 1:33 de la tarde del lunes 21 de octubre de 2013. «Porque todos estamos aquí», contesta una voz remotamente conocida, la de Rosa Consuelo, la madre que prematuramente falleció cuando él apenas llegaba a los tres años. Es ella, la de la foto, la que siempre estuvo en sus fantasías y en un recuerdo fugaz en el que caminan agarrados de la mano, en la playa, hasta que una ola muy grande los moja.
También está su abuela Rosalía, las tías Carmen, Aida y Carlota, la prima Mercedes y el viejo Yanes, su padre, el que le dice mientras le abraza: «¡Por fin llegaste, vale! Ya era hora». Ninguno lo llama Oscar, todo es Armandito esto, Armandito lo otro. Pero Armandito tiene miedo, le teme a pensar que ha muerto: «Qué vaina…». En eso, la madre lo regaña: «¡No digas groserías!», y a modo de susurro continúa: «por primera vez te puedo regañar y me da pena, porque eres un hombre viejo ¡qué feliz soy!». Con estos personajes y diálogos Oscar Yanes recrea su muerte al inicio del primer tomo de: ¡Nadie me quita lo bailao!, las memorias de un reportero publicadas en 2007 por la editorial Planeta. El día de ese encuentro ya ocurrió.
Los años pasan sin uno darse cuenta. Es viernes  por la mañana y por alguna razón ese día no hay clases, se puede disfrutar de Así Son las Cosas por Venevisión. Son retratos de la vida íntima venezolana de comienzos del siglo XX que formaron a muchos de los niños de mi generación. El hombre con bigote, sombrero y corbatas coloridas; las frases, todas con un acento caraqueño de antaño, muy pronunciado, seguro y bonachón: Chúpate esa mandarina, cúbrase de gloria, siga vibrando… La última expresión fue la que me dijo la primera vez que lo conocí, cuando me firmó un ejemplar de Pura Pantalla (Planeta, 2000), en el que narra «las indiscreciones de la vida venezolana en circuito cerrado», los amores, desengaños, momentos cumbres e ídolos de nuestra televisión. Gracias a los regalos de mi abuela pude leer, uno a uno, los libros que había publicado en los noventa y principios de la década del 2000.
Pero este periodista nacido al sur del río Guaire, tuvo una trayectoria mucho más allá de sus cuentos pintorescos. Fue director de la Televisora Nacional en el primer gobierno de Rafael Caldera, director de la Oficina Central de Información cuando Luis Herrera y diputado del Congreso de la República, todos estos entes ahora extintos. En abril de 1965 llevó las cámaras de televisión a los tribunales donde se juzgaba al ex dictador Marcos Pérez Jiménez. También narró la transmisión de la llegada del hombre a la luna, fue corresponsal durante la guerra de Vietnam… Y maestro de las polémicas. Lo acusaron de amarillista por su trabajo reporteril de sucesos en Últimas Noticias, o las transmisiones que realizó desde La Carlota, donde se mostraban los escombros del terremoto de Caracas del 29 de julio de 1967. A esas acusaciones respondía con algún refrán de la vieja ciudad.
Pero Oscar Yanes también entrevistó con su marcado estilo personal al compositor y director Igor Stravinski, al líder egipcio Gamal Abdel Nasser, al premio Nobel de literatura John Steinbeck, al pintor Salvador Dalí, tantos personajes, que luego reuniría en su libro Cosas del Mundo, en 1972. Esto sin contar el intenso debate que transmitió Venevisión en las noches de La silla caliente, referente fundamental de la elección presidencial de 1998. Los últimos quince años de su vida sirvieron para consolidar su imagen de cronista, fabulador y en ocasiones humorista.

El 22 de abril de 2007 el Aula Magna de la UCV albergó a parte de los representantes más importantes del humorismo venezolano. Se reunieron para celebrar los ochenta años de Armandito. De contar su vida, chistes contra el gobierno, de recrear la célebre entrevista que le realizara a Reverón y de vibrar, en conjunto, con cada uno de los asistentes. Fue un acto de esos que llaman «únicos», donde la venezolanidad, esa chispa que viene con nuestra forma de ser, estuvo presente de principio a fin. Fue la segunda oportunidad en la que pude conversar con él. Vendrían nuevas ocasiones, cada una de ellas particular. Pero hoy se ha ido, y Hoy es Mañana, le toca bailar el merengue de los muertos y la última vaina del reportero.


viernes, 11 de octubre de 2013

Descubren un extraño planeta solitario sin estrella


J. DE JORGE @JUDITDJ / ABC MADRID 10/10/2013

Este joven mundo, seis veces más grande que Júpiter, flota libremente por el espacio a solo 80 años luz de distancia de la Tierra

Un equipo internacional de astrónomos ha descubierto un exótico joven planeta errante que no orbita ninguna estrella. Este mundo que flota libremente, llamado PSO J318.5 - 22, está a solo 80 años luz de distancia de la Tierra (no demasiado lejos en términos astronómicos) y tiene una masa tan solo seis veces la de Júpiter. Se formó hace apenas 12 millones años; puede parecer mucho tiempo, pero es un recién nacido en la escala temporal de la vida de un planeta.
Este «solitario» fue identificado por su débil y particular firma de calor por el telescopio Pan- STARRS 1 (PS1) en Haleakala, Maui (Hawai). Las observaciones de seguimiento con otros telescopios en Hawai muestran que este planeta tiene propiedades similares a las de los gigantes gaseosos que orbitan alrededor de estrellas jóvenes. Sin embargo, PSO J318.5 - 22 va a su aire, en completa libertad, sin una estrella anfitriona a la que orbitar.
«Nunca antes hemos visto un objeto que flota libremente en el espacio que se parezca a esto. Tiene todas las características de los planetas pequeños que se encuentran alrededor de otras estrellas, pero está a la deriva por ahí solo», explica Michael Liu, del Instituto de Astronomía de la Universidad de Hawai en Manoa. «A menudo me he preguntado si existen tales objetos solitarios , y ahora sabemos que sí».
Durante la última década, se han descubierto planetas extrasolares a un ritmo increíble, con cerca de un millar encontrados por métodos indirectos, como la atenuación del brillo de su estrella debido altránsito del planeta. Sin embargo, solo un puñado han sidofotografiados directamente, todos alrededor de estrellas jóvenes (menos de 200 millones de años). PSO J318.5 - 22 es uno de los objetos que flotan libremente de menor masa conocidos, tal vez el más bajo. Pero su aspecto más singular es su masa, color y producción de energía similares a los planetas fotografiados directamente.
«Los planetas encontrados por imagen directa son muy difíciles de estudiar, ya que están justo al lado de estrellas muy brillantes. PSO J318.5 -22 no está orbitando una estrella, por lo que su estudio será mucho más fácil para nosotros. Va a proporcionar una vista maravillosa sobre el funcionamiento interno de los planetas gaseosos gigantes como Júpiter poco después de su nacimiento», asegura Niall Diácono, del Instituto Max Planck de Astronomía en Alemania y coautor del estudio.
«Un bicho raro»
PSO J318.5 - 22 fue descubierto durante la búsqueda de las estrellas fallidas conocidas como enanas marrones. Debido a las temperaturas relativamente frías, las enanas marrones son muy débiles y tienen colores muy rojos. Pero en las observaciones, el planeta solitario destacó como «un bicho raro», más rojo incluso que las enanas marrones más rojas conocidas.
«A menudo describimos la búsqueda de objetos celestes raros como algo similar a buscar una aguja en un pajar. Así que decidimos buscar el mayor pajar que existe en astronomía, el conjunto de datos de PS1», apunta Eugene Magnier, del Instituto de Astronomía de la Universidad de Hawai y también firmante del estudio. Magnier dirige el equipo de procesamiento de datos para PS1, que produce el equivalente de 60.000 fotos de iPhone cada noche. El conjunto de datos total hasta la fecha es de aproximadamente 4.000 Terabytes, más grande que la suma de la versión digital de todas las películas que se han hecho, todos los libros editados y todos los álbumes de música que se han publicado.

El equipo cree que PSO J318.5 - 22 pertenece a una colección de estrellas jóvenes llamada el grupo de movimiento Beta Pictoris que se formó hace unos 12 millones de años. De hecho, la estrella del mismo nombre, Beta Pictoris, tiene un planeta gaseoso gigante joven en órbita alrededor de ella. PSO J318.5 - 22 es aún menor en masa que el planeta Beta Pictoris y probablemente se formó de una manera diferente.

sábado, 31 de agosto de 2013

El extraño e increíble caso de las “vírgenes juradas”


En los Balcanes, una comunidad de  que cambiaron su género, se visten y actúan como hombres, sostiene su promesa de vivir en celibato a lo largo de los años. El misterio y la intimidad de este fenómeno, en la lente de la fotógrafa Jill Peters.
Las vírgenes juramentadas de los BalcanesLas vírgenes juramentadas de los Balcanes Las vírgenes juramentadas de los Balcanes Las vírgenes juramentadas de los Balcanes Las vírgenes juramentadas de los Balcanes Las vírgenes juramentadas de los Balcanes Las vírgenes juramentadas de los Balcanes Las vírgenes juramentadas de los BalcanesLas vírgenes juramentadas de los BalcanesLas vírgenes juramentadas de los Balcanes


Son mujeres pero parecen hombres. La geografía las ubica en Albania y los libros sostienen que hoy, en la entrada del siglo XXI, no son más de 30. Las vírgenes juradas representan la única manera institucionalizada de cambio de género en el viejo continente y su realidad, al menos, sorprende. Tanto así, que la reconocida fotógrafa Jill Peters decidió mostrarlas a través de su lente.
"‘Virgen Jurada’  es el término con el que se nombra, en los Balcanes, a una mujer (biológicamente hablando) que ha elegido, por lo general a una edad temprana, asumir la identidad social de un hombre para la vida. Esta tradición se remonta a cientos de años y era necesaria en una sociedad que vivía en clanes tribales y seguía el Kanun, un código legal arcaico”, explica Peters en su sitio. Tan arcaico y opresivo que “consideraba a las mujeres propiedad de sus maridos. No podían votar, conducir, hacer negocios, ganar dinero, beber, fumar, jurar, tener un arma de fuego o usar pantalones. Las niñas eran comúnmente forzadas a matrimonios concertados, a menudo con hombres mucho mayores, en los pueblos lejanos”, continúa la fotógrafa.
Hoy son un puñado, es sólo un pequeño grupo el que mantiene esta costumbre que las llevó, casi a la fuerza, a convertirse al sexo opuesto. En aquel momento, devenir en una virgen jurada  (o "burnesha") era “la única posibilidad de elevar a una mujer a la condición de un hombre, lo que le concedía todos los derechos y privilegios de la población masculina. Para manifestar este cambio, las mujeres se cortaban el pelo, se vestían con prendas de hombres y, a veces, incluso cambiaban su nombre. (…) Y lo más importante de todo, tomaban el voto de celibato para permanecer castas de por vida”, concluye.

sábado, 24 de agosto de 2013

Cuando la política sólo piensa en el poder


Condenado por su crudo relativismo moral, que aconseja mentir, robar y llegar al crimen si el ejercicio del poder lo requiere, algunos teóricos vieron en el pragmatismo radicalizado de la obra de Maquiavelo, un signo del Estado moderno. Aquí, una relectura crítica de ese texto que cambió la ciencia política y aún genera polémicas, las novedades que trajo el quinto centenario y dos opiniones expertas.
POR IVANA COSTA  Clarín Ñ

Nicolás Maquiavelo, según un retrato del artista italiano Santi di Tito (1536-1603).

Por una valiosa carta, sabemos que fue un día como hoy, hace quinientos años, que Nicolás Maquiavelo comenzó a redactar El príncipe. Despojado por los Médicis de su puesto en la cancillería de Florencia, exiliado –al cabo de padecer prisión y tortura, acusado de conspiración–, en la miseria, le cuenta en ella a su ex colega Francesco Vettori, enviado florentino ante el Papa, que acaba de terminar “un opúsculo, De principatibus , en el que profundizo todo lo que puedo en las reflexiones sobre este tema, discutiendo qué es el principado, cuántas especies hay, cómo se adquieren, cómo se conservan, por qué se los pierde”.
La carta está fechada el 10 de diciembre. Recién en marzo Maquiavelo había sido liberado de su cautiverio gracias a una amnistía decretada tras la elección de Giovanni de Médicis como Papa; había marchado al campo con su familia, y allí se había puesto a escribir una obra ambiciosa: los Discursos sobre la primera década de Tito Livio. En un momento, sin embargo, decidió interrumpirla para confeccionar este otro librito mucho más condensado que, se supone, redactó en un breve lapso.
Los veintiséis capítulos de El príncipe llevan, de hecho, la impronta de una urgencia vertiginosa y de una esperanza manifiesta: Maquiavelo creía que si algún miembro de la poderosa familia de banqueros que gobernaba en el Palacio de la Señoría llegaba a leerlo no iba a dudar en contratarlo para trabajar nuevamente en la política de su patria.
En eso se equivocaba Maquiavelo. En primer lugar, porque ninguno de los amigos con los que había trabajado para el derrocado gobierno republicano iba a arriesgarse a acercarles a los nuevos Señores la voz de un proscripto. (Hay otra carta, en la que Maquiavelo se da cuenta de que Vettori en realidad no hará nada por mejorar su situación; y es de una tristeza incomparable). En segundo lugar, porque Maquiavelo sobreestimaba la capacidad de los Médicis para tomar decisiones exclusivamente sobre la base de las aptitudes intelectuales de su interlocutor: una cosa es elegir pintores, escultores y arquitectos para que embellezcan la ciudad, o poetas para que narren la gloria familiar, y otra muy distinta es ponerse a analizar sin prejuicios un tratado de política –por breve que sea– escrito, encima, por alguien que ni siquiera es un aliado. Dicen que cuando, tres años más tarde, “Lorenzino”, heredero de Cosme y de Lorenzo el Magnífico, al fin recibió El príncipecomo obsequio lo hizo rápidamente a un lado para detenerse en unos perros de caza que le había traído algún mercader ignoto.
Tuvieron que pasar otros cuatro años para que alguno de los Médicis se fijara en Maquiavelo; y esto, a instancias de sus nuevos amigos: los jóvenes aristócratas del círculo de la Academia Platónica de Florencia, que advirtieron pronto la fresca lucidez del antiguo canciller que regresaba del exilio. En 1520, Julio de Médicis, tío y sucesor de “Lorenzino”, y futuro Papa Clemente VII, le confió algunas tareas. Escribió entonces algunas obras muy significativas, piezas dramáticas de su propia cosecha y tratados históricos o políticos por encargo.

La fortuna de una obra
Pero Maquiavelo no quería ser un filósofo de la corte (como Galileo Galilei) ni un analista o funcionario de escritorio (como Francisco Guicciardini); quería actuar en política. Con los años, algo llegó a conseguir, aunque ya no se le delegaron tareas de primera línea, como las que había llevado a cabo durante la República, cuando negociaba personalmente con casi todos los mandatarios de los Estados italianos, con el rey de Francia Luis XII, con el emperador romano germánico Maximiliano, con el temible pontífice Julio II, y con un avasallante César Borgia, en plena campaña expansionista. En cuanto a El príncipe: permaneció inédito y, en vida de Maquiavelo, no trascendió más allá de sus allegados. Fue publicado en Roma y en Florencia, en 1532, cinco años después de la muerte de su autor.
El príncipe debe incluirse dentro del género de los “espejos de los príncipes”, que tuvo su origen en la Antigüedad y que fue muy popular en los siglos XIII y XIV. No eran solamente manuales de buena conducta, ya que planteaban cuestiones teóricas sobre doctrina y legitimidad. Pero mientras que los “espejos” de la tradición humanista se empeñaban por “adaptar un número cada vez mayor de reglas morales a la realidad” (la expresión es del historiador Riccardo Fubini), Maquiavelo enfocó la cuestión desde una perspectiva inusual: la del realismo. Su valiosa experiencia en la negociación diplomática con los “grandes hombres” de su tiempo le había dado una visión clara de las pasiones en juego. Y combinó ese conocimiento práctico con la “sabiduría” que le daba su persistente lectura de la historia antigua (leía con avidez a Jenofonte, Polibio, Cicerón, Tito Livio, Plutarco), de la cual obtenía un marco para tratar de entender los complejos fenómenos políticos del siglo XV.
Eso pudo haber oscurecido su natural talento de historiador (eso sostiene José Luis Romero, en un bello librito ya clásico) pero expandió su visión de analista. Con esa metodología, Maquiavelo recuperaba, además, una antigua tradición que había caído en desuso: la que nutre el pensamiento político no tanto de la metafísica como del análisis empírico e historiográfico.
La publicación póstuma iba a provocar no pocos malentendidos en la lectura de El príncipe: como se ha dicho, el cometido fundamental de Maquiavelo no era consagrarse con él en las aulas universitarias sino, en primer lugar, brindarle un salvoconducto hacia la función pública y, en segundo lugar, ofrecer un panorama de las herramientas a emplear frente al peligro de la disolución que acechaba a Florencia y a toda Italia. Maquiavelo no escribía ni aconsejaba a un príncipe totalmente inespecífico sino a alguno de los Médicis, o a alguno de sus socios: a quien fuera capaz de sacar a Italia de la situación en la que estaba, sometida por extranjeros: “sin jefe, sin orden, abatida, expoliada, lacerada, asolada”.
Francia, España y el imperio germánico, de hecho, ya habían hecho pie en la península y no se irían en muchos siglos. Maquiavelo, que llegó a vivir para sobrellevar la amargura del saqueo de Roma por las tropas de Carlos V y la humillante capitulación de Clemente VII, debe haber comprendido que las casi dos décadas transcurridas desde su escritura habían convertido ya a El príncipe en un obsequio muy diferente del que estaba destinado a ser. Dentro del círculo de lectores posibles –príncipes, consejeros, autoridades eclesiásticas–, el tratado tuvo, una vez publicado, una primera recepción muy negativa: el catolicismo dominante, conmocionado por el cisma luterano, lo consideró casi una herejía y pronto lo sumó al Index de libros prohibidos, con toda la obra del secretario canciller. En ámbito filosófico tuvo suerte más dispar: unos se sintieron obligados a abjurar de su crudo relativismo moral.
Una posición muy razonable, después de todo, ya que en El príncipe se afirma que con tal de obtener y conservar su principado, el gobernante puede –y debe– eliminar a los rivales y a sus herederos, aniquilar a los rebeldes, ser generoso con lo ajeno pero mezquino con lo propio, y desconocer los pactos contraídos si se vuelven desventajosos. Otros filósofos, en cambio, percibieron en ese pragmatismo radicalizado un signo de los tiempos.
No es que negaran el carácter circunstancial y hasta panfletario del texto (Maquiavelo habla de una Italia inexistente –en los siglos XV y XVI, era un conjunto de Estados enfrentados y dispersos–, como sustraída al tiempo y a la catástrofe que se avecina). No es que minimizaran el quebranto moral que el tratado deja traslucir sin ambigüedad. Pero comprendieron que esa escisión entre las dos esferas, la de la moral individual y la de la acción política, iba a ser una marca distintiva del todavía incipiente Estado moderno. Maquiavelo no usa nunca en sus obras la expresión “razón de Estado”, pero en El príncipe delinea con toda claridad el concepto, dotándolo, además, de un significado concreto y de una justificación teórica novedosa.

Elasticidad moral
Son muchos los temas en los que El príncipe resulta un texto innovador. Por ejemplo, su insistencia en que la primera y principal competencia del príncipe debe ser el uso político de la fuerza militar. Mientras fue secretario en la Cancillería, Maquiavelo destinó muchos esfuerzos a la creación de un ejército (que le dio a Florencia una serie de victorias en la Toscana), y en El príncipe fustiga duramente, y con razón, a los ejércitos mercenarios de los que se valían los gobernantes italianos.
Pero la principal apuesta filosófica del tratado se encuentra en el capítulo XV, que trata sobre las virtudes y vicios del gobernante, es decir: “De las cosas por las cuales los hombres, y especialmente los príncipes, son alabados o vituperados”. La humildad y la cautela que muestra Maquiavelo en las primeras líneas – “como sé que muchos han escrito sobre esto (…), dudo si no seré tomado por presuntuoso (…) por apartarme de los principios de los otros”– abren paso rápidamente al argumento con el que se demuele a la tradición. “Pero como mi intención es escribir una cosa útil a quien la comprenda, me pareció más conveniente ir directamente a la verdad efectiva de la cosa que a la representación imaginaria de ella”.
Este es el punto: la tradición es el universo de las representaciones fantasiosas e inexistentes (“muchos se han imaginado repúblicas y principados que nunca jamás se vieron ni se supo que hayan existido”). Su propio librito trae, en cambio, “la verdad efectiva de la cosa”. A diferencia de la fantasía proyectada, puramente especulativa, la verdad efectiva de la cosa es lo que efectivamente se produce ( efficere , en latín, significa “producir”, “dar como resultado”). Maquiavelo viene a decirle al mundo que en filosofía práctica algo es verdadero no cuando obedece a algún ideal teórico sino cuando tiene o ha tenido efecto; cuando efectivamente se dio, o puede darse.
“Puesto que hay tanta distancia entre cómo se vive y cómo se debería vivir –sigue–, quien deja de lado lo que se hace por lo que se debería hacer aprende más bien su ruina que su propia preservación”. De ahí que el príncipe tenga que “aprender a poder no ser bueno y usar esto o no según la necesidad”. Dicho esto, ajustadas las cuentas con esa fastidiosa unidad de ética y política propia del pasado (“dejando atrás las cosas que conciernen al príncipe imaginario, y discurriendo sobre las que son verdaderas…”), ya se está en condiciones de avanzar por la vía moralmente escindida de la Realpolitik .
Ahora bien: ¿cuál es la tradición a la que Maquiavelo se contrapone (esos “otros” de cuyos “principios” él se aparta)? Hasta la primera mitad del siglo XX parecía haber un consenso tácito sobre este punto: se estaba rechazando el mundo clásico, antiguo y medieval. Sin embargo la cuestión parece hoy más compleja, y más interesante.
La presencia de antiguos y medievales dentro del razonamiento de Maquiavelo es evidente: la elasticidad moral del gobernante es deudora, en buena medida, de una idea de Aristóteles, quien vincula a la praxis con “la idea de contingencia del mundo” (poniendo límites a todo intento por determinar principios éticos universales a priori). Y Maquiavelo sólo pudo haber conocido esta idea aristotélica a través del pensamiento político medieval. El destinatario de aquella diatriba contra una concepción imaginaria e irreal del príncipe parece ser, entonces, el pensamiento político humanista del siglo XIV: un movimiento en el cual, no obstante, Maquiavelo está inserto. Sobre esto insisten los valiosos estudios de John Pocock, Felix Gilbert y Quentin Skinner, entre otros.

El papel de villano
En 1924, en su monumental libro La idea de razón de Estado en la historia moderna , Friedrich Meinecke definió “la doctrina de Maquiavelo” como “un puñal que, clavado en el cuerpo político de la humanidad occidental, le arrancó gritos de dolor y de rebelión”. Su concepción netamente pagana, dice Meinecke, “hirió e hizo sangrar su sentimiento moral natural” cristiano. En las décadas que siguieron, toda una corriente de pensadores políticos ha querido desligar a Maquiavelo del papel de villano. O ha intentado ver a la humanidad no tan sangrante, ni necesariamente herida, por este apasionante librito.
En su arrebatado y genial ensayo Notas sobre Maquiavelo , sobre la política y sobre el estado moderno (de 1949), Antonio Gramsci abrió la puerta a una reivindicación libertaria de El príncipe, al tratar de distinguir entre su funcionalidad “para los grupos dirigentes conservadores” y “su carácter esencialmente revolucionario”, que aquellos pretenden “enmascarar”.
Desde mitad del siglo XX, la cantidad de lecturas eruditas sobre El príncipe se multiplicaron geométricamente. ¿Cómo podría un lector empezar a leerlo hoy sin perderse en un mar de interpretaciones cada vez más atomizadas?
La Meditación sobre Maquiavelo de Leo Strauss, que reúne una serie de conferencias dictadas en 1953 en la Universidad de Chicago, es una guía certera. Comienza de manera insuperable. “Si nos declaramos partidarios de la anticuada y simple opinión según la cual Maquiavelo fue un maestro del mal no escandalizaremos a nadie; nos expondremos meramente a un ridículo benévolo o, por lo menos, inofensivo”. Por supuesto, Strauss no comparte “los puntos de vista más rebuscados” de los nuevos especialistas, según los cuales Maquiavelo era, en realidad, “un patriota o un científico de la sociedad o las dos cosas”. Alguien que aconseja gobernar asesinando, mintiendo y robando (y Maquiavelo “es el primero que lo hace en nombre propio”) expone una doctrina malvada; sin duda. Strauss también reconoce que “aunque verdadero, el anticuado y simple veredicto no es exhaustivo”, y que esa falta de rigor dio pie a la confusión –a la mirada excesivamente autocomplaciente– de “los nuevos entendidos”.
Strauss discute el argumento de la “cientificidad”: no hay tal cosa sino “embotamiento moral”, puesto que, aunque se desligue de los principios éticos fundamentales (no matar, no mentir, etc.), El príncipe sigue siendo un tratado normativo, lleno de “juicios de valor”. En cuanto al “patriotismo”, en Maquiavelo es “egoísmo colectivo”: un tipo de “amor a lo propio”, tanto más peligroso y seductor –dice Strauss– en cuanto se lo reviste de “devoción por el propio país”. “Justificar los terribles consejos de Maquiavelo recurriendo a su patriotismo significa ver las virtudes de ese patriotismo mientras se permanece ciego a lo que está por encima del patriotismo; a lo que a la vez santifica y limita al patriotismo”.
En un ensayo publicado en los años 60 (pero escrito en los 40), el historiador Federico Chabod contribuyó a precisar la diferencia que existe, en Maquiavelo, entre el patriotismo y su sacralización. Buscando poner un límite a las proyecciones nacionalistas sobre la obra del antiguo secretario canciller, Chabod argumenta que la idea de patria como algo sagrado recién se consagra a fines del siglo XVIII, cuando la política se inviste de un “ pathos religioso”. Rastreando antecedentes de esa sacralización en los pensadores del siglo XIV, Chabod muestra que “Maquiavelo no puede siquiera imaginar el hecho de transferir al amor por el país las características que siempre se atribuían al amor por Dios y a la iglesia”.
Mientras que el autor de El príncipe se había esforzado por apartar a la política de la religión, “a partir del siglo XIX, la religión se transfiere al interior de la política”, dando pie a una “religión de la patria”, en la que los asuntos mundanos adquieren valor sagrado y “la lucha política, un carácter religioso e incluso fanático”.
Cuando se lee la obra de Maquiavelo sin esa suerte de prejuicio defensivo que oscurece lo más evidente, cuando se reconoce la superioridad de la “antigua y simple opinión” pero se advierte el carácter incompleto de ese juicio, entonces es posible encontrar en El príncipelúcidas observaciones sobre el pasado y el presente. Pero es preciso tomar distancia del facilismo de las proyecciones actuales, buscando en él la herencia clásica pre-moderna. Se trata de mirarlo, como dice Strauss, “de atrás hacia adelante, desde un punto de vista pre-moderno hacia un Maquiavelo completamente inesperado y sorprendente, que es nuevo y extraño; y no mirar hacia atrás desde nuestro tiempo, hacia un Maquiavelo que se ha convertido en algo antiguo y propio; en algo casi bueno”.
5� d l n ��� � � 22px; clear: left;">No es que negaran el carácter circunstancial y hasta panfletario del texto (Maquiavelo habla de una Italia inexistente –en los siglos XV y XVI, era un conjunto de Estados enfrentados y dispersos–, como sustraída al tiempo y a la catástrofe que se avecina). No es que minimizaran el quebranto moral que el tratado deja traslucir sin ambigüedad. Pero comprendieron que esa escisión entre las dos esferas, la de la moral individual y la de la acción política, iba a ser una marca distintiva del todavía incipiente Estado moderno. Maquiavelo no usa nunca en sus obras la expresión “razón de Estado”, pero en El príncipe delinea con toda claridad el concepto, dotándolo, además, de un significado concreto y de una justificación teórica novedosa.


Elasticidad moral
Son muchos los temas en los que El príncipe resulta un texto innovador. Por ejemplo, su insistencia en que la primera y principal competencia del príncipe debe ser el uso político de la fuerza militar. Mientras fue secretario en la Cancillería, Maquiavelo destinó muchos esfuerzos a la creación de un ejército (que le dio a Florencia una serie de victorias en la Toscana), y en El príncipe fustiga duramente, y con razón, a los ejércitos mercenarios de los que se valían los gobernantes italianos.
Pero la principal apuesta filosófica del tratado se encuentra en el capítulo XV, que trata sobre las virtudes y vicios del gobernante, es decir: “De las cosas por las cuales los hombres, y especialmente los príncipes, son alabados o vituperados”. La humildad y la cautela que muestra Maquiavelo en las primeras líneas – “como sé que muchos han escrito sobre esto (…), dudo si no seré tomado por presuntuoso (…) por apartarme de los principios de los otros”– abren paso rápidamente al argumento con el que se demuele a la tradición. “Pero como mi intención es escribir una cosa útil a quien la comprenda, me pareció más conveniente ir directamente a la verdad efectiva de la cosa que a la representación imaginaria de ella”.
Este es el punto: la tradición es el universo de las representaciones fantasiosas e inexistentes (“muchos se han imaginado repúblicas y principados que nunca jamás se vieron ni se supo que hayan existido”). Su propio librito trae, en cambio, “la verdad efectiva de la cosa”. A diferencia de la fantasía proyectada, puramente especulativa, la verdad efectiva de la cosa es lo que efectivamente se produce ( efficere , en latín, significa “producir”, “dar como resultado”). Maquiavelo viene a decirle al mundo que en filosofía práctica algo es verdadero no cuando obedece a algún ideal teórico sino cuando tiene o ha tenido efecto; cuando efectivamente se dio, o puede darse.
“Puesto que hay tanta distancia entre cómo se vive y cómo se debería vivir –sigue–, quien deja de lado lo que se hace por lo que se debería hacer aprende más bien su ruina que su propia preservación”. De ahí que el príncipe tenga que “aprender a poder no ser bueno y usar esto o no según la necesidad”. Dicho esto, ajustadas las cuentas con esa fastidiosa unidad de ética y política propia del pasado (“dejando atrás las cosas que conciernen al príncipe imaginario, y discurriendo sobre las que son verdaderas…”), ya se está en condiciones de avanzar por la vía moralmente escindida de la Realpolitik .
Ahora bien: ¿cuál es la tradición a la que Maquiavelo se contrapone (esos “otros” de cuyos “principios” él se aparta)? Hasta la primera mitad del siglo XX parecía haber un consenso tácito sobre este punto: se estaba rechazando el mundo clásico, antiguo y medieval. Sin embargo la cuestión parece hoy más compleja, y más interesante.
La presencia de antiguos y medievales dentro del razonamiento de Maquiavelo es evidente: la elasticidad moral del gobernante es deudora, en buena medida, de una idea de Aristóteles, quien vincula a la praxis con “la idea de contingencia del mundo” (poniendo límites a todo intento por determinar principios éticos universales a priori). Y Maquiavelo sólo pudo haber conocido esta idea aristotélica a través del pensamiento político medieval. El destinatario de aquella diatriba contra una concepción imaginaria e irreal del príncipe parece ser, entonces, el pensamiento político humanista del siglo XIV: un movimiento en el cual, no obstante, Maquiavelo está inserto. Sobre esto insisten los valiosos estudios de John Pocock, Felix Gilbert y Quentin Skinner, entre otros.

El papel de villano
En 1924, en su monumental libro La idea de razón de Estado en la historia moderna , Friedrich Meinecke definió “la doctrina de Maquiavelo” como “un puñal que, clavado en el cuerpo político de la humanidad occidental, le arrancó gritos de dolor y de rebelión”. Su concepción netamente pagana, dice Meinecke, “hirió e hizo sangrar su sentimiento moral natural” cristiano. En las décadas que siguieron, toda una corriente de pensadores políticos ha querido desligar a Maquiavelo del papel de villano. O ha intentado ver a la humanidad no tan sangrante, ni necesariamente herida, por este apasionante librito.
En su arrebatado y genial ensayo Notas sobre Maquiavelo , sobre la política y sobre el estado moderno (de 1949), Antonio Gramsci abrió la puerta a una reivindicación libertaria de El príncipe, al tratar de distinguir entre su funcionalidad “para los grupos dirigentes conservadores” y “su carácter esencialmente revolucionario”, que aquellos pretenden “enmascarar”.
Desde mitad del siglo XX, la cantidad de lecturas eruditas sobre El príncipe se multiplicaron geométricamente. ¿Cómo podría un lector empezar a leerlo hoy sin perderse en un mar de interpretaciones cada vez más atomizadas?
La Meditación sobre Maquiavelo de Leo Strauss, que reúne una serie de conferencias dictadas en 1953 en la Universidad de Chicago, es una guía certera. Comienza de manera insuperable. “Si nos declaramos partidarios de la anticuada y simple opinión según la cual Maquiavelo fue un maestro del mal no escandalizaremos a nadie; nos expondremos meramente a un ridículo benévolo o, por lo menos, inofensivo”. Por supuesto, Strauss no comparte “los puntos de vista más rebuscados” de los nuevos especialistas, según los cuales Maquiavelo era, en realidad, “un patriota o un científico de la sociedad o las dos cosas”. Alguien que aconseja gobernar asesinando, mintiendo y robando (y Maquiavelo “es el primero que lo hace en nombre propio”) expone una doctrina malvada; sin duda. Strauss también reconoce que “aunque verdadero, el anticuado y simple veredicto no es exhaustivo”, y que esa falta de rigor dio pie a la confusión –a la mirada excesivamente autocomplaciente– de “los nuevos entendidos”.
Strauss discute el argumento de la “cientificidad”: no hay tal cosa sino “embotamiento moral”, puesto que, aunque se desligue de los principios éticos fundamentales (no matar, no mentir, etc.), El príncipe sigue siendo un tratado normativo, lleno de “juicios de valor”. En cuanto al “patriotismo”, en Maquiavelo es “egoísmo colectivo”: un tipo de “amor a lo propio”, tanto más peligroso y seductor –dice Strauss– en cuanto se lo reviste de “devoción por el propio país”. “Justificar los terribles consejos de Maquiavelo recurriendo a su patriotismo significa ver las virtudes de ese patriotismo mientras se permanece ciego a lo que está por encima del patriotismo; a lo que a la vez santifica y limita al patriotismo”.
En un ensayo publicado en los años 60 (pero escrito en los 40), el historiador Federico Chabod contribuyó a precisar la diferencia que existe, en Maquiavelo, entre el patriotismo y su sacralización. Buscando poner un límite a las proyecciones nacionalistas sobre la obra del antiguo secretario canciller, Chabod argumenta que la idea de patria como algo sagrado recién se consagra a fines del siglo XVIII, cuando la política se inviste de un “ pathos religioso”. Rastreando antecedentes de esa sacralización en los pensadores del siglo XIV, Chabod muestra que “Maquiavelo no puede siquiera imaginar el hecho de transferir al amor por el país las características que siempre se atribuían al amor por Dios y a la iglesia”.
Mientras que el autor de El príncipe se había esforzado por apartar a la política de la religión, “a partir del siglo XIX, la religión se transfiere al interior de la política”, dando pie a una “religión de la patria”, en la que los asuntos mundanos adquieren valor sagrado y “la lucha política, un carácter religioso e incluso fanático”.
Cuando se lee la obra de Maquiavelo sin esa suerte de prejuicio defensivo que oscurece lo más evidente, cuando se reconoce la superioridad de la “antigua y simple opinión” pero se advierte el carácter incompleto de ese juicio, entonces es posible encontrar en El príncipelúcidas observaciones sobre el pasado y el presente. Pero es preciso tomar distancia del facilismo de las proyecciones actuales, buscando en él la herencia clásica pre-moderna. Se trata de mirarlo, como dice Strauss, “de atrás hacia adelante, desde un punto de vista pre-moderno hacia un Maquiavelo completamente inesperado y sorprendente, que es nuevo y extraño; y no mirar hacia atrás desde nuestro tiempo, hacia un Maquiavelo que se ha convertido en algo antiguo y propio; en algo casi bueno”.

domingo, 16 de junio de 2013

Buenos Aires, la otra orilla de Cortázar




MARSOLAIRE QUINTANA16 DE JUNIO 2013 - 12:01 AM  LA NACIÓN  BUENOS AIRES
La Ruta Cortázar
El 28 de junio de 1963 se publicó la primera edición de Rayuela. La capital argentina se presenta como un mapa literario para seguir las letras del escritor calle a calle.
Como si se tratara de Rayuela, novela que cumple medio siglo de publicada este año, Buenos Aires puede ser leída de manera azarosa. Perderse de modo voluntario entre sus calles es la consigna para quien desee advertir en ella el rastro de su narrativa.

Julio Cortázar sigue siendo un referente de la literatura argentina contemporánea. Aunque él mismo contribuyó en la formación de su imagen mítica, algunos de sus admiradores –similares al Club de la Serpiente de la misma Rayuela– han incentivado una especie de culto que los moviliza a emprender un viaje a su obra a través de las ciudades en donde vivió.
Su estampa ha estado muy vinculada a la vida parisina y por esa razón el turista literario suele desestimar al Cortázar porteño. Sin embargo, hay razones para pensar en la capital argentina como el sitio en donde el escritor entra por primera vez a lo fantástico y se inserta en un mundo de galerías, pasajes, cruces entre esquinas y avenidas monumentales. Por eso hay recorridos a partir de la lectura de sus primeros libros. La Ruta Cortázar puede hacerse, así, en varias etapas y de varias formas.
Páginas bonaerenses
Abriendo Buenos Aires al azar, uno puede situarse en medio de la plaza Miserere, en Balvanera. Se le conoce también como plaza Once por estar frente a la estación homónima del Ferrocarril Sarmiento. Sitio de encuentro y de comercio desde inicios del siglo XIX, confluyen allí las avenidas Pueyrredón y Rivadavia. La plaza tiene en su centro el mausoleo de Bernardino Rivadavia, obra del escultor Rodrigo Yrurtia, representando la única tumba de un prócer argentino en un contexto similar.

Se siente el eco del antiguo café en el que Delia Mañara, la inquietante envenenadora de novios de “Circe” (Bestiario), toma helado por las tardes veraniegas. Posiblemente se trate de “La Perla”, en donde jóvenes escritores como Jorge Luis Borges, en la década de 1920, se reunían para escuchar hablar a Macedonio Fernández. En “La escuela de noche” (Deshoras), Cortázar ubica allí a Nito y a Toto tomando “un cinzano con bitter”, en los años treinta, mientras planificaban una incursión nocturna al recinto en el que estudiaban.
A pocas cuadras de plaza Miserere se encuentra la Escuela Normal Mariano Acosta, sobre la calle General Urquiza 277. Allí Cortázar se gradúa como profesor normal en Letras en 1935. El gran edificio data de 1889 y está rodeado en la actualidad por pensiones familiares. En esta obra del arquitecto italiano Francesco Tamburini, artífice de la Casa Rosada y del Teatro Colón, pueden verse las altísimas rejas por donde Toto huye despavorido de su aventura juvenil.
Capítulo de café y arquitectura

Escuela Normal de Profesores Mariano Acosta
Otra vez puede abrirse al azar el inmenso libro urbano y encontrarse, a tan sólo diez cuadras, con el barrio de Almagro. En la intersección de las avenidas Medrano y Castro Barros, interrumpida por la avenida Rivadavia, se abre un abanico de confiterías y cocheras. Para Mario, el otro protagonista de “Circe”, este cruce era el puente que posibilitaba una vida singular. Es fácil imaginarlo tomar la merienda en el café Las Violetas, fundado en 1884. Provisto de hermosos vitraux y un techo de doble altura ricamente decorado provee a sus comensales de una de las meriendas más alucinantes: el menú “María Cala Victoriano” que, además de incluir porciones de tortas y servicio de té o chocolate, ofrece una copa de champaña.
Al salir de Las Violetas y vía Almagro es posible toparse en la estación Loria del Subte A, con Claudia y Medrano, protagonistas de Los Premios, la primera novela del escritor y antecedente de Rayuela. Para Medrano el viaje de 10 minutos que la separan de la estación Perú lo ayudan a refrescarse, mientras hojea con avidez el diarioCrítica.
Antes, se puede desembarcar para visitar el Monumento de los Dos Congresos. Esta obra del arquitecto paisajista Carlos Thays conmemora el Centenario de la Independencia argentina en 1910. El espectáculo visual que produce el conjunto, integrado por las tres plazas –del Congreso, Lorea y Mariano Moreno– refleja el proyecto urbano pensado para la capital del país que, por aquellos años, parecía invencible.
Como un buque encallado en Callao con Rivadavia, restalla contra el cielo la silueta de la torre de la Confitería El Molino, obra del arquitecto Francisco Gianotti. En un banco situado al frente Oliveira, de Rayuela, rumia sus alucinaciones con la Maga. Se levanta y camina sin rumbo hasta la avenida Corrientes al 1300, frente a la pizzería Los Inmortales o tal vez Güerrín, luego continúa ensimismado y Cortázar lo incita a cruzar hacia Libertad.

Apenas se dobla hacia esta calle de angostas veredas aparecen los avisos de joyerías. La libertad dorada culmina al llegar al cero en la nomenclatura y luego salta, como en la rayuela, hacia la Avenida de Mayo. En esta intersección puede hallarse al hombre sin cabeza de “Acefalía” (Historia de cronopios y de famas) buscando recuperar alguno de los sentidos perdidos, allí donde “proliferan las frituras originadas en los restaurantes españoles”. Quizás el propio Cortázar haya degustado la ensalada de pulpo y gambas o la paella del Restaurante Hispano, abierto desde 1957.
Brinco de rayuela
Ya sobre Avenida de Mayo se abre la estación Lima del subterráneo. En uno de los vagones La Brugeoise, descontinuados hace dos meses, viaja Carlos López, el alter ego de Cortázar en Los Premios. Al bajarse, entra al bar London City para conversar con el doctor Restelli mientras bebe una Quilmes Cristal. Cuando salga, cualquier lector podría imaginarse un extraño cruce entre él y el hermano de Irene, de “Casa Tomada” (Bestiario), que en la ventana de su casa de Rodríguez Peña decidió recorrer las librerías cercanas por si hay alguna novedad en literatura francesa.
Si se le ocurriera lo mismo que al protagonista de “El otro cielo” (Todos los fuegos el fuego) pudiera buscar esos libros en algún escaparate de la parisina Galerie Vivienne, a la que se entraba en la ficción por alguno de los dos accesos del Pasaje Güemes. Diseñado también por Gianotti, su techo está coronado por una cúpula redonda vidriada y cuenta, entre otros detalles, con pilastras de mármol Boticcino en su corredor. La ornamentación crea la sensación de ser esa “cueva del tesoro” en la que convive una simultaneidad de tiempos.

Tal vez la belleza de este viaducto hacia otras realidades induzca al turista a querer atravesarlo. Por tal motivo Cortázar solía señalar que los pasajes eran su patria. Y esto tan sólo puede entenderse si se camina por Agronomía, como Clara en “Ómnibus” (Bestiario), saboreando el sol “roto por islas de sombra” que producen los árboles enfilados, entre Tinogasta y Zamudio, como columnas vegetales. En el departamento 3°-7 de Artigas 3246, barrio de Rawson, residió el autor entre 1934 y 1951 con su madre y su hermana Ofelia, tras su infancia en Banfield.
Al visitar el barrio de su juventud se comprende lo fantástico en su narrativa. Las manzanas están atravesadas por el capricho de calles que dibujan una especie de rayuela. Estos pasadizos, labrados también por jardines sinuosos, contienen salidas inesperadas y retornos sorpresivos. El conjunto formado por el edificio, la plazoleta y las casas contiguas, aluden de manera directa a la periferia parisina. Puede afirmarse, entonces, que la París de Cortázar expresada en el distrito en donde escogió vivir hasta su muerte es, en verdad, la recreación del pequeño oasis de Agronomía.
Para el lector cortazariano la ruta porteña de su narrativa implica, ciertamente, una Vuelta al día en 80 mundos, en donde se recorren otras Geografías. También puede significar navegar hasta La otra orillao cruzar Las puertas del cielo. Se viaja por el sentimiento de no estar del todo en un mismo sitio, tal como lo planteó en su obra y en su propia existencia el Cronopio Mayor.

“París es una enorme metáfora”
Julio Cortázar comienza a esbozar París en Las armas secretas. En la rue de Richelieu, en pleno barrio del Palais Royal, el protagonista de “Cartas a mamá” recuerda el caserón familiar de Flores y el café de San Martín y Corrientes. También en la ruta que, desde la capital francesa hasta la comuna de Saint-Cloud, emprende en auto la Madame Francinet de “Los buenos oficios”.
Cada año decenas de sus lectores viajan a la Ciudad Luz, entre otros motivos, para sentirse un poco partícipes de Rayuela. Su cartografía ha sido dibujada por muchos de ellos. Hay una París-Rayuela conformada –entre otros lugares– por el Pont Marie, desde donde Oliveira ve el amanecer bajo la lluvia; o la librería de la rue de Verneuil, donde La Maga juega con un gato; o el Carrefour de l’Odéon, sitio en donde Horacio come hamburguesas.

Es obligatorio el paseo por la Galerie Vivienne, en el número 6 de la calle homónima. Diseñada por François Jean Delannoy, se abrió al público en 1826. En su entrada por la rue des Petits-Champs hay unas cariátides que sostienen un balcón, muy parecidas a las del Pasaje Güemes. En el segmento de la rue de la Banque, se encuentra la Librairie Ancienne Moderne, una de las favoritas del escritor.  


lunes, 27 de mayo de 2013

Cae ‘La Hojilla’, el programa de televisión favorito de Hugo Chávez

El conductor de 'La Hojilla', Mario Silva. /A. C. (EFE)

El espacio televisivo es el primer damnificado por una grabación, difundida por la oposición, que revela divisiones en el chavismo


Aunque el Gobierno de Nicolás Maduro no ha reaccionado con una declaración oficial a la explosiva conversación desvelada por la oposición venezolana, que evidencia la fractura de la sucesión de Hugo Chávez entre un ala procubana y otra militarista, sus primeras decisiones ya se han hecho sentir. De momento el primer descabezado es el presentador del programa La Hojilla, Mario Silva, uno de los protagonistas de la escucha. En la madrugada venezolana del martes el conductor ha afirmado que su espacio, que se mantuvo al aire durante nueve años, saldrá de la parrilla de programación del canal Venezolana de Televisión (VTV) para atender un problema de salud.
En el plano institucional, el Gobierno sí ha conservado su espíritu de cuerpo monolítico haciendo suya quizá la petición de unidad hecha por Hugo Chávez en su última proclama pública. La mayoría chavista en la Asamblea Nacional, que este martes se reunió después de 21 días sin sesiones, tras una reyerta entre diputados, ha negado cualquier posibilidad de referirse el audio dado a conocer el lunes al mediodía. El presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello, aseguró que el Parlamento no investigará "chismes". Y la Fiscal General de la República, Luisa Ortega Díaz, dijo que su despacho tampoco indagará sobre la grabación.
Mario Silva luce entonces como el gran damnificado. Fue una salida elegante a un escándalo de proporciones que aún están por establecerse, que ha pegado hondo y duro dentro del chavismo, acaso porque revela lo que hasta ahora eran meras especulaciones de analistas y periodistas, y refiere hechos puntuales de corrupción. Silva fue hasta la noche del lunes el presentador estrella de la televisora estatal, un hombre que tenía licencia para asesinar moralmente a los dirigentes políticos, periodistas y activistas opuestos a la llamada Revolución Bolivariana. Las groserías más gruesas jamás dichas en la televisión venezolana se le escucharon a este personaje, un matón en imagen de alta resolución con privilegiados contactos en los servicios de inteligencia venezolanos y cubanos que le permitían presumir de una habilidad de investigador.
La Hojilla era el programa favorito del presidente Hugo Chávez. A menudo el comandante presidente solía llamar para dar alguna noticia, o para aupar a Silva en su labor de destructor de credibilidades ajenas. A cada ataque o queja de la oposición Chávez respondía con un “Mario, siga investigando”. Ese espacio, que comenzó criticando la cobertura de los medios privados, se convirtió en la arena donde se linchaba sin piedad: por allí pasaron Miguel Henrique Otero, presidente editor del diario El Nacional, a quien llamó “hijo de puta”; el excandidato Henrique Capriles Radonski al que calificó de “asesino” por las muertes ocurridas después del anuncio de los estrechos resultados de las elecciones del 14 de abril; la diputada María Corina Machado, cuya conversación con su madre fue editada para hacer ver que el atentado que sufrió en el 23 de enero durante las primarias de la oposición fue una mentira orquestada por su equipo; o el exdirector de Globovisión, Alberto Federico Ravell, presentado a la audiencia como un narcotraficante.
La oposición, que solía descalificar todo lo dicho por Silva, ha pedido ahora que el Gobierno investigue lo que se escuchó en el audio. El diputado Ismael García aseguró que al margen de creer o no al conductor, el Ejecutivo estaba obligado a comprobar cuán ciertas son esas revelaciones, hechas a un presunto oficial cubano del servicio de contrainteligencia llamado Aramis Palacios. Entretanto, Capriles dijo que al escuchar todo lo que se decía, se persignó. “¿En manos de quién está este país?”, se preguntó. “Es un botín que se están repartiendo. Esto no es solo un problema económico, sino una profunda crisis moral”, comentó.
La noche del lunes Silva estaba iracundo. Calificó “como un montaje” el audio presentado por la opositora Mesa de la Unidad, dijo estar a disposición de las autoridades locales para cualquier investigación y reiteró su apego al gobierno de Maduro. “Verdugo no pide clemencia y si tengo que inmolarme por la Revolución Bolivariana lo haré con mucho gusto, Si algo me enseñó mi comandante eterno Chávez fue a no ser cobarde”.
Contra su costumbre, Silva prefirió leer su comunicado. Sus últimas palabras en el plató fueron el preludio de una despedida que se antoja definitiva. “Hoy más que nunca siempre con Chávez y Maduro. Hasta la victoria siempre, patria socialista o muerte. Venceremos.


EL BLOG OPINA

                                    Mario Silva nunca habría apostado a un final tan trágico, tan bochornoso y jamás tan certeramente urdido. Se creía un elegido de los Dioses del Olimpo y resultó ser un pobre infeliz, repleto de inmoralidades, detestado por propios y extraños, que hasta la rata más desgraciada del albañal más inmundo se escabulliría de su lado para que no la salpicara la deshonra de sus comentarios. Así sucede cuando olvidamos que las virtudes jamás deben apartarse de nuestro entendimiento y que la Providencia  está siempre atenta y nada escapa a su justicia, consideración y cuidado. No es posible que este bandido que durante nueve años gozó de la dispensa de llevarse todo por delante, de mentir, difamar, agredir, irrespetar de la manera más burda,cruel, infame, malintencionada a aquellos que disientían o que se les estimara enemigos o que su jefe inmediato le ordenara, todo ello ante las cámaras de la televisión estatal. Desde un principio fue un elemento útil para  el régimen, quien lo dejaba hacer  y encima lo instigaba que lo hiciera de la forma más humillante posible. Fue la criatura de Chávez, producto de una indignidad y una vileza inimaginable. Bastó solo una grabación de sus conversaciones con un militar cubano, seguramente lograda por alguien del entorno y divulgada por la maltratada oposición que la presentara a la opinión pública y que destapara una podredura, para nada insignificante. No nos queda duda que ya tendrá este personaje, suficiente tiempo para lamentarse de su falta de prudencia, añorar aquella gloria alcanzada, reflexionar, que es lo que más le valdría y aprender a valerse sin sus 24 escoltas...

domingo, 12 de mayo de 2013

Los túneles de la mafia más poderosa de Europa


Domingo 12 de mayo de 2013 | 13:28 BBC MUNDO


                                     Cómo es la 'Ndrangheta, la organización criminal de la región meridional de Calabria, que desbancó a la Cosa Nostra
La red subterránea de la ''Ndrangheta es prácticamente una ciudad paralela. Foto: BBC Mundo
Los mayores traficantes de cocaína en Europa ya no son los famosos sicilianos de la "Cosa Nostra". Hoy su lugar lo ocupan los miembros de la 'Ndrangheta, la organización criminal de la región meridional de Calabria, el "pulgar de Italia".
Con acceso exclusivo a los refugios subterráneos que utilizan sus integrantes para esconderse, así como a la alta tecnología que emplean las autoridades italianas para luchar contra la organización narcotraficante, el autor e historiador especializado en temas de mafia, John Dickie, cuenta en un artículo exclusivo para la BBC en qué consiste este mundo clandestino.
Creo que jamás había sentido tanto alivio al ver la luz del sol. Llevaba horas gateando a través de túneles colmados de excrementos de rata y la parafernalia del negocio de la cocaína.
El polvo y la humedad me asfixiaban. ¿Cuánto tiempo estuve bajo tierra?, ¿cuatro horas?, ¿cinco?, ¿ocho? Al fin, sucio, cansado y desorientado, salí a la superficie y me encontré con un magnífico paisaje montañoso y una brisa impregnada del perfume del orégano silvestre.
Me sentía como si acabara de escapar de un encuentro con la locura, con el mal.
Los túneles estaban ubicados en la ciudad de Plati, en Aspromonte, el macizo que domina el paisaje del pulgar de la bota de Italia.
Plati es conocida por ser el bastión de la 'Ndrangheta, la mafia calabresa, desde hace un siglo.
Sus jefes están entre los traficantes de cocaína más poderosos del mundo, y mantienen fuertes vínculos con los "sucursales" de la 'Ndrangheta en Australia.
Sin embargo, últimamente no les está resultando tan fácil salirse con la suya.
BÚNKERES BAJO TIERRA
Perseguidos por una policía renovada y determinante, los Ndranghetis han construido una asombrosa red de escondites secretos bajo las calles y las casas.
Es prácticamente una ciudad paralela, un mundo subterráneo en donde búnkeres ubicados detrás de escaleras corredizas, trampas ocultas e incluso el interior de un horno de pizza están unidos por túneles interminables.
Incluso los escondites más profundos y mejor ocultos tienen vías de escape secretas en su interior.
Los túneles se fusionan y se separan, se meten dentro del sistema de alcantarillado, y se dividen de nuevo por cientos de metros, desembocando fuera de la ciudad, en medio de los arbustos del lecho de un río seco.
Ahora los túneles han quedado al descubierto, y sólo se usan para saciar la curiosidad de las ratas y de los historiadores de mafia, como yo.
Plati no es el único lugar del sur de Italia en el que se ha descubierto una epidemia de búnkeres en los últimos años.
Uno de los carabineros (policía paramilitar) que entrevistamos, nos dijo que él solo había dado con una decena de refugios bajo un gran huerto de naranjos cerca de la famosa ciudad de Rosarno.
Los búnkeres de Rosarno tienen su propio diseño.
Debido a que en esa zona la 'Ndrangheta ha controlado durante mucho tiempo el puerto de contenedores de la cercana Gioia Tauro, hace sus búnkeres a partir de esos contenedores marítimos.
Generalmente los suelda de par en par, amuebla su interior con todas las comodidades y luego los entierra.
En otras regiones, los mafiosos emplean sus propias técnicas de construcción e incluso existen constructores especializados en búnkeres.

A LA DEFENSIVA
Los búnkeres de la mafia nos dicen mucho acerca de la lucha actual de las autoridades italianas contra el narcotráfico.
Para que Italia pueda acabar con el problema que agobia al país desde el siglo XIX, tiene que asegurarse de que los veredictos de los jueces en contra de los mafiosos se conviertan en condenas reales, en años de prisión.
Durante décadas, esto no ha ocurrido. Ha habido juicios, pero en muchos casos los acusados se escapaban antes de cumplir su condena.
Sucedió con cientos de criminales condenados, entre ellos asesinos y narcotraficantes. Cuanto más tiempo estaban en libertad, mayor era su prestigio criminal y el daño que le causaban a la credibilidad del Estado.
Ahora la búsqueda de fugitivos mafiosos es una prioridad para las autoridades italianas.
Pero quizás "fugitivos" no sea el término correcto. Los capos más buscados rara vez se fugan o salen de su territorio.
Hacerlo significaría abandonar su trono e invitar a otros a ocupar su lugar. Ante ese escenario la mejor solución es construir un búnker subterráneo que sirva como hogar, refugio, fortaleza y centro de mando.
Así que los jefes pasan semanas, e incluso meses, bajo tierra, viendo el mundo a través de sus cámaras de seguridad y emitiendo órdenes por medio de líneas telefónicas secretas, su paradero conocido sólo a un pequeño círculo de seguidores.
Por un lado, el auge de los escondites subterráneos -se cree que hay cientos de narcotraficantes refugiados bajo tierra en el sur del país- es una señal de que el crimen organizado está a la defensiva.
¿PARA QUÉ?
Pero los búnkeres también son un indicio del enorme poder territorial de la mafia italiana.
En Plati, nuestros escoltas armados, que pertenecen a la unidad italiana de fuerzas especiales conocida como los cacciatori(cazadores), nos contaron que para construir una de sus redes subterráneas los jefes de la mafia habían cavado en la calle principal de la ciudad.
Lo hicieron con total indiferencia, como si fueran el ayuntamiento. Y nadie dijo una palabra.
Pero la impresión general que me queda después de pasar tanto tiempo en los búnkeres es que los capos de la mafia tienen una vida miserable.
Todo ese dinero, todo el poder, el miedo y la lealtad que inspiran, ¿para qué?
Ni las imágenes sagradas ni los muebles llamativos que ponen dentro de sus búnkeres pueden ocultar el hecho de que, al final, se ven obligados a vivir como ratas, una alternativa dudosamente mejor que las cárceles que los esperan afuera…

EL BLOG OPINA
                        En estos últimos tiempos la imaginación de estas bandas criminales sobrepasa los cálculos de los organismos dedicados a combatir este flagelo. Se maneja tanto dinero que facilita la corrupción de funcionarios y del mismo modo hace posible disponer de recursos tecnológicos de avanzada y personal calificado para ese fin. Además tienen la facilidad de adaptarse a las condiciones más adversas, disponen de tiempo, de paciencia y decisión...